EL ATAQUE DE LAS ABEJAS

 

 



EL ATAQUE DE LAS ABEJAS




 

Eran los inicios de los años 90; para describir mi finca, yo  utilizaba unos versos de autor anónimo: 

 

“Allá arriba, atrás del monte, donde empieza el horizonte, y es cerrada la montaña y es azul la inmensidad,  tengo un rancho; sola, herencia, de mi padre y de mi abuelo, donde vivo más lejano de la tierra que del cielo,  sumergido en los  encantos de la  agreste soledad”.

 

 Esa era mi finca, la casa era de tapias  pisadas, y tenía un corredor en todo su alrededor, corredor que tenia lámparas de queroseno para alumbrarlo en las noches.


 De los montes situados en la parte de arriba, brotaba  un arroyo de aguas muy puras que recorría la finca de arriba abajo por entre los guayabales y que yo aproveché para hacer unos posos donde criábamos  peces de colores;  pasábamos días inolvidables con mi esposa y mis pequeños hijos; también hice una piscina con agua corriente, éramos las únicas personas que interrumpíamos el tranquilo transitar del arroyuelo desde su nacimiento hasta desembocar en la quebrada.

 

La única comunicación que teníamos con el pueblo más cercano, era un camino de herradura, no había electricidad ni comunicaciones telefónicas.

 

Las colmenas permanecían tranquilas y eran visibles desde el corredor de la casa; en ocasiones, tomando pequeñas precauciones, las destapé para mostrarle a algún visitante el interior de ellas.

  

Empezamos  a notar que las abejas estaban llegando muy parejo hasta la casa, y  con el gran conocimiento que  ya poseía Edras, sobre las abejas, me comentó que se estaban africanizando y que podía ser un peligro tenerlas tan cerca de la residencia; africanizar quiere decir que se están mezclando con esa clase de abejas, cuya característica es que son muy agresivas, que llegó por error al Brasil y estaban invadiendo todo el continente .

 

Tomamos la resolución de trasladar las colmenas a una distancia mínima de 500 m de la casa.

 

Debíamos venir solamente  personas conocedoras del comportamiento de las abejas para evitar un accidente.

 


Escogimos un día miércoles en la tarde, y para tristeza de mis hijos, les comenté la resolución que habíamos tomado, y por lo tanto, la noticia que solamente iríamos Edras, mi cuñado Humberto    y yo.

 

Estábamos de salida cuando llego Jesús Alberto, uno de mis hermanos, quien inmediatamente se dio por invitado para acompañarnos, y no hubo argumento alguno que lo convenciera de quedarse.

Llegamos a la Finca y el día no era el mejor para el manejo de las abejas, ya que lo más aconsejable es un día soleado, porque las abejas cuando hay pleno sol salen de la colmena a  visitar las  flores, mientras que en un día frío, como estaba ese miércoles,  todas se quedan en la colmena y desde luego tienen mucha capacidad de ataque.


De todas maneras, no desistimos de nuestro propósito, y todos, cuatro, nos pusimos las bragas, caretas, los guantes, y así, más parecidos a unos astronautas, que a otra cosa, decidimos empezar a aplicar humo en las colmenas; ante  la presencia del humo las abejas asumen que hay incendio y proceden a llenarse de miel para abandonar la colmena.

 

 Como el día no era bueno  para el trabajo de las abejas, las colmenas estaban repletas de obreras  y en segundos nos sentimos cubiertos de abejas hasta el punto de dificultarnos la visión, y en sólo unos instantes comprendimos  que era imposible continuar y decidimos correr hacia los matorrales para quedarnos por allí muy quietos y esperar que las abejas se calmaron,  abortando así  la misión que teníamos en mente para esa tarde. 

 

Pasaron algunos minutos de relativa calma cuando de pronto resonó un grito de auxilio que Edras y yo que, estábamos cerca,  no dudamos en reconocer que era un grito muy angustioso; rápidamente llegamos al origen del grito y vimos a Jesús Alberto entre la piscina, sin careta, aferrado al borde, con la cabeza, el rostro  y las manos, totalmente cubierto de abejas. 


CONTINUARA

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